martes, 4 de diciembre de 2012

Crisis de la sociedad y reflexión sobre los partidos políticos / 1, 2 y 3



Crisis de la sociedad y reflexión sobre los partidos políticos / 1
RAMON TAMAMES 25 NOV 1980
1. La derecha no tiene por qué ser eterna.
Se dice actualmente que todo marcha mal, y que casi todo va a peor. Se asevera que tenemos un modelo de Estado que no funciona, y que la burocracia acabará frenándolo todo. Se echa la culpa al Gobierno, al Parlamento, a los partidos. Pero en vez de caer en esas lamentaciones tópicas, merece la pena preguntarse si los males no son más profundos, y si no es la sociedad la que globalmente carece de respuestas a los problemas de hoy. O habrá incluso que plantearse si los partidos no habrán asumido tareas superiores a sus fuerzas en esta transición que se alarga más y más.
La responsabilidad de los partidos políticos, es muy grande, tanto por la envergadura de la tarea -especialmente en un país con tan poco asociacionismo-, como por la insuficiente organización que todavía padecen, y que puede estar contribuyendo a convertir a la nuestra en una democracia mediocre en muchos aspectos. Sin olvidar las resistencias a cambiar estructuras del pasado, sin minusvalorar -pero también sin sobrevalorarlos- ciertos poderes fácticos, la verdad es que los partidos, o aún no se han formado suficientemente, o se han quedado anticuados, o no son plenamente democráticos.
Por su parte, los sindicatos no han pasado todavía de la fase de la reivindicación a la de planteamiento operativo de opciones, en buena medida por la aversión gubernativa de UCD al sindicalismo, y por la división que se perpetúa en el mundo sindical, por el mismo hecho de la falta de unión de la izquierda política.
Los movimientos ciudadanos son esperanzadores, pero no han alcanzado el mínimo desarrollo para incidir sustancialmente como fuerza compensadora de los grandes grupos de presión capitalistas. Cabe imputarlo, en no poca medida, a la falta de capacidad de los propios partidos políticos, que les ha drenado potencial para semiolvidarlos después. La juventud, por su lado, se inhibe de la política, en un fenómeno de pasotismo que por su generalización se sitúa ya en niveles macrosociales. Así, la expectativa de un vasto movimiento renovador se ve alejada con el languidecimiento de las asociaciones en general, y por la relativa inhibición de los ecologistas, que en medio de la crisis económica se sienten abandonados.
La universidad, después de años de lucha política y de vanguardia cultural -con todos sus altibajos-, se sitúa hoy en uno de los puntos más bajos, en tanto que la inteligencia no oculta su escepticismo y, de una u otra forma, se incrusta en el establishment. De esta forma, con todas sus crisis, el capitalismo -salvo por grupos casi siempre considerados marginales- no es puesto en duda seriamente; y la perpetuidad del sistema parece garantizada en los análisis de la misma izquierda. ¡¡Qué gran diferencia con la visión que en 1847 se tenía en el Manifiesto, cuando se preveía el triunfo del socialismo a no tan largo plazo!!
Con este panorama más bien sombrío de la realidad, son muchos los políticos a quienes -a pesar del desencanto, o precisamente contribuyendo a él- les encanta hacer largas digresiones sobre si en la España de la transición ha habido reforma o ruptura. Cuando la cuestión trascendental y urgente es la evidencia de que hay un bloqueo de la democracia que se manifiesta en la estructura económica (el poder refortalecido de la oligarquía financiera, cada vez más desnacionalizada), en el sistema electoral (el mantenimiento del decreto ley todavía semifranquista de 20 de marzo de 1977), en el control de RTVE por el Gobierno y UCD. Y, lo que es más grave, todo eso es fácilmente continuable, por la división de la izquierda, tanto en lo político como en lo sindical, que precisamente por su antagonismo interno no da una respuesta clara y creíble a la crisis económica, al gremialismo, al corporativismo. Y en la pretendida vía de un Estado de autonomías, más que el camino federal se contempla cómo podemos estar transitando por la senda de la balcanización. Por último, el terrorismo se ha convertido en una especie de curaré en el cuerpo social de España, que se nos va infiltrando para paralizar progresivamente más y más la iniciativa social.

2. Las fáciles conjeturas y el cambio necesario
Por todas estas circunstancias creo que es un ejercicio políticamente vano y engañoso dedicar -como se dedica- tanto de nuestro tiempo a hacer conjeturas sobre posibles crisis convencionales de Gobierno, o a les avances de estos o aquellos barones, o al surgimiento de estos o aquellos delfines. Lo importante, me parece, es plantear la cuestión de la democracia como forma de vida, y no como simple método de elección para que la derecha siga detentando el poder.
En otras ocasiones lo he dicho -y la última ve i fue durante el debate de la cuestión de confianza, aunque lo hiciera sin reunir una buena docena de citas eruditas, como algunos habrían querido-: que se trata de buscar una alternativa regeneracionista frente al canovismo en el que la sociedad y el Estado en España se van sumiendo día a día; desde luego, por obra y gracia de la política de una derecha temerosa de cambios sociales inevitables a poca modernización que se quiera. Una derecha, además, que está aún muy claramente veteada de franquismo sociológico y político, sin que lo más progresista de UCD se decida a desprenderse de ese lastre histórico.
Pero con ser preocupante el trance canovista, lo más grave es que está siendo perfectamente tolerado por la izquierda, por sus divisiones y antagonismos. La izquierda políticamente más representativa parece haber renunciado a cualquier clase de horizonte utópico, en la idea de encontrar unos pocos centenares de miles de votos de la desengañada derecha; donde habría que buscarlos es entre los siete millones de españoles que no votaron en 1979, o entre los diez millones que, de seguir así las cosas, no votarán en 1983, o en 1982..., o en 1981.
Es necesaria una estrategia de cambio dentro de la democracia, dentro de la Constitución, dentro de la izquierda. Es preciso decirle al país que no está condenado a ser gobernado eternamente por la derecha, que las imágenes de Suárez, Martín Villa o Rosón no tienen por qué permanecer por diez años todos los días en los televisores y en la Prensa. El pedigrée político de esos protagonistas no es el más brillante, y por muchos actos de fe de democracia que hagan cada día, no deberíamos garantizarles una vida política activa más allá de un modesto período de transición, que ya debería estar tocando su final. Pero hay extendida una suerte de fatalismo de que en la onda larga de la recesión en que vivimos actualmente no puede sino triunfar la derecha. Y el fatalismo inhibe todavía más. Lo primero, pues, es liberarnos de él, dándonos cuenta de la situación a que hemos venido a dar, para empezar a poner remedios. Y apreciando cómo la derecha en la sociedad actual no tiene verdaderas soluciones.

3. La crisis económica no la resolverá la derecha
En la mayoría de los países desarrollados es manifiesto hoy -y las excepciones pueden ser Japón, Alemania y pocos casos más- un considerable declive económico. Es un hecho nuevo para las generaciones que actualmente están en edad activa y que contemplaron el crecimiento acelerado de los años cincuenta a los setenta.
En el caso de Estados Unidos, las consecuencias van a ser serias en los próximos años, porque si quieren mantener su influencia mundial habrán de hacer un mayor esfuerzo en términos del tanto por ciento del PNB dedicado a armamento y actividades trasnacionales. Lo cual, en medio de una depresión, es difícilmente concebido sin el riesgo permanente de una guerra, que por ello mismo podría desencadenarse en cualquier momento, con consecuencias difícilmente previsibles.
Claro es que hay toda clase de soluciones prefabricadas, que plantean como posibilidad que la expansión de la industria de armamentos sea la forma de salir de la depresión. Un movimiento «intelectual» que se presenta de forma sutil, como un liberalismo renovado, pero que difícilmente podrá tener éxito cuando la estructura de la sociedad tiene ya bien poco de liberal. Ese es el argumento de Galbraith cuando subraya que Milton Friedman tendría razones para ser el profeta del liberalismo, pero en otro mundo, en el que no hubiera sindicatos, ni asociaciones de agricultores, ni tampoco una OPEP.
En realidad, ese liberalismo ya sabemos lo que es y a lo que llega, porque se ha experimentado en Chile y el Reino Unido. En Chile, para introducirlo, fue necesaria una dictadura política; en Inglaterra, una depresión de caballo, sólo comparable a la de los años treinta. Parece que ahora se produce la verdadera llegada del Mesías: Milton Friedman in person al poder; con Reagan. Aunque seguramente no habrá que esperar mucho para ver que Reagan puede ser el Hoover de nuestro tiempo, que con sus recetas liberales no resolvió la gran depresión. Tuvo que llegar Roosevelt, en 1933, con el intervencionismo del New Deal, para enderezar la situación. Esperemos que esta vez no sea necesaria, para conseguir el relanzamiento del capitalismo, una tercera guerra mundial.

Crisis de la sociedad y reflexión sobre los partidos políticos/ 2
RAMON TAMAMES 26 NOV 1980
4.- El pretendido liberalismo vive de mitos.
Como el de la necesidad de disminuir los salarios reales; a pesar de que la experiencia demuestra que la mayor desigualdad en la distribución de la renta no favorece precisamente el crecimiento, sino más bien lo contrario.4. Las recetas del falso liberalismo
Por otra parte, tampoco puede conseguirse un desarrollo más rápido a base simplemente de disminuir la intervención del sector público. También en este caso la experiencia indica con claridad que el crecimiento fue mayor con más intervención; al menos en países como Estados Unidos durante la segunda guerra mundial. Y en el Reino Unido, a pesar de la mayor intervención pública desde 1945, el crecimiento también resultó más veloz que en los años veinte y treinta, de menor presencia del Estado en la economía. Desde luego que la tecnología y el ciclo, también contribuyen a esas variaciones, pero parece suficientemente claro que no cabe aceptar, sin más, como una relación causa/efecto irrefutable la de mayor intervención pública/ tendencia al declive económico. Sin ir más lejos, Japón es un ejemplo de actividad del Estado en íntima conexión con la empresa privada.
También los nuevos y falsos liberales pretenden que el sistema económico ha adquirido una excesiva rigidez a causa del gran número de reglamentaciones económicas y laborales. Pero suprimir todas esas regulaciones resulta literalmente imposible, porque los problemas técnicos van haciéndose más y más complejos en materia de contaminación, energía, alimentación, etcétera. Realmente, al final, podemos apreciar cómo el sueño liberal no es una aspiración romántica, de simplificar la vida para simplificar las intervenciones; más bien es un propósito disfrazado de suprimir las intervenciones más molestas para los fuertes, al tiempo que se pretende lograr más protección para los de siempre.

5. «La defensa del territorio»
Con un menor peligro de guerra -o por lo menos esa es la apariencia-, con un mayor desarrollo del sindicalismo y de los movimientos de liberación, las decisiones son más difíciles de adoptar en el mundo de hoy. Nos hallamos en una sociedad donde existe la conciencia de que la mejora de cualquier grupo social implica el deterioro relativo de otro u otros grupos. Es la sociedad de suma cero a la que se ha referido Lester C. Turow. En esa sociedad, cada uno se defiende para impedir que disminuya su nivel relativo, de la forma que aproximadamente Robert Audrey ha sabido describir en su estudio antropológico sobre El instinto del cazador, al referirse a la defensa que cada grupo social hace de su propio territorio, para evitar la entrada de cualquier intruso que pueda pcner en peligro su grado de bienestar.
La «defensa del territorio», se exacerba con la crisis. En el caso de las relaciones de trabajo, con la segmentación del mercado se agudiza el gremialismo, los planteamientos insolidarios por parte de una considerable proporción de trabajadores que a toda costa pretenden mejorar, en tanto que el conjunto empeora. Y, análogamente sucede con el corporativismo de los cuerpos de funcionarios, que en medio de la crisis pretenden mantener sus privilegios, y a ser posible incluso aumentarlos. Así, el gremialismo y el corporativismo -y no digamos, el crónico egoismo social de la oligarquía- introducen una gran rigidez en el sistema, dificultan el pacto para redistribuir el trabajo y la renta, y acaban -a menos que haya un Gobierno de amplia base popular decidido a arrostrar la impopularidad- por hacer sumamente dificil o imposible una verdadera planificación democrática.

6. Balcanización del poder
Hay, además, una balcanización del poder. En el período de entreguerras (1918-1939), o incluso antes de la primera guerra mundial, se hablaba de los Balcanes como del «avispero de Europa», por el mosaico de nacionalidades existentes en una multiplicidad de Estados de reciente creación y sumamente inestables. Cualquier problema en los Balcanes se convertía en conflicto, por la falta de verdaderos poderes constituidos para superar las contradicciones pacíficamente. Esto es lo que comienza a pasar también hoy en el interior de casi todos los Estados.
Y España no es ninguna excepción. El poder del Estado ya no es reconocido como un excelso dirimente de conflictos. Las nacionalidades, regiones y municipios, los grupos sociales más diversos, las asociaciones -por no hablar de los sempiternos grupos de presiónquieren intervenir en cualquier decisión, participar en la elaboración de cualquier norma, vigilar su aplicación cuando afecte a su problema, a «su territorio». Por ejemplo, la localización de las plantas energéticas o industriales, las explotaciones mineras, el reparto de los impuestos, las competencias de educación, las facilidades financieras, etcétera. Incluso llega a verse amenazada la propia integridad del mercado nacional, tan costosamente construido a lo largo de mucho tiempo.
Y en cualquier caso, lo que está claro es que por la balcanización, las decisiones tardan mucho en adoptarse, y cuando se logran, las soluciones no siempre son las mejores para los intereses generales de la comunidad, sino el resultado de una dificil transación en la cual los intereses más fuertes (aunque no sean los mayoritarios) son los que acaban por pesar más.

7. Electoralismo y seguridad.
A las anteriores dificultades ha de agregarse que el breve plazo entre elecciones no favorecen precisamente los proyectos de inversión a largo plazo, que resultan muy costosos, que son cada vez de más difícil decisión, y que a la postre se revelan como de pequeño rendimiento electoral. Se prefieren los proyectos a corto plazo, de más clara rentabilidad electorera. Así, la previsión económica y la planificación, quedan sustituidas por las medidas semidiariamente ímprovisadas por las perentorias circunstancias; corno la planificación acaba por presentarse como si se tratara de una quimera inalcanzable, sobre la que además está de moda -entre los pseudoliberales- hacer bromas de más o menos mal gusto.
Hay, incluso, aspectos de psicología social insuficientemente valorados. Quiero decir que como consecuencia de la experiencia histórica de las últimas décadas de crecimiento, existía y aún existe la expectativa de una continua mejora en el nivel de vida. Y parar en esa senda que parecía iba a ser siempre ascendente, origina frustraciones, hace insufrible la sensación de póbreza simplemente por crecer más lentamente de lo que cada uno esperaba.
Por lo demás, en la situación anterior, el crecimiento acelerado representaba un efecto de lubricación, se admitían transitoriamente algunas pérdidas comparativas, en la seguridad de que en poco tiempo se recuperaría la distancia perdida. Pero esto es mucho más difícil o termina por hacerse imposible en una fase de estancamiento como la que ahora atravesamos.
Otro factor que influye en la rigidez del sistema es el deseo de obtener un mayor grado de seguridad. El riesgo al que tanto se alaba todavía por los empresarios en los discursos, se evita siempre que se puede, y para ello se recurre al Gobierno. Aunque a veces la «salvación» no sea otra cosa que prolongar su agonía, sin una verdadera re conversión. De esta forma se gana en seguridad, pero se pierde en competencia, y el progreso -entendido como antes- no puede por menos de ralentizarse. Lo cual no sería ninguna tragedia si se hiciese racional y voluntariamente, como se pretende por los partidarios del crecimiento cero.
Ramón Tamames es diputado del PCE por Madrid. La primera parte de este artículo se publicó en la edición de EL PAIS de ayer, día 25.

Crisis de la sociedad y reflexión sobre los partidos políticos / y 3
RAMON TAMAMES 27 NOV 1980
El cúmulo de dificultades, que hasta aquí hemos examinado, en la década de los años ochenta va a verse dramáticamente incidido por tres problemas que en los sesenta y setenta eran ignorados o fueron de una gravedad mucho menor. Me refiero a los temas de la energía, el medio ambiente y la inflación de dos dígitos.8. Los problemas más específicos de los ochenta
El canto eufórico de la energía abundante y barata del pasado reciente se ha sustituido por el lamento de la incidencia que la crisis energética tiene en el alto nivel de inflación y en el bajo ritmo de crecimiento. Aún es muy seria la resistencia a admitir que sólo la planificación podrá dar solución a los problemas energéticos o, por lo menos, frenar el deterioro que de otra forma conducirá al colapso de los países industriales. Pero aparte de que la incipiente planificación energética se hace en base a criterios de grupos de poder, lo cierto es que la planificación de un sector así, dejando el resto de la economía a su aire, subraya aún más la contradicción que pesa sobre toda la elaboración de la política económica en el capitalismo en su fase de reverdecimiento seudoliberal.
Al segundo tema antes enunciado ya he hecho numerosas referencias en otros trabajos. Pero ahora lo que quiero es destacar que se acusa mucho a los ecologistas de haber contribuido y de estar contribuyendo a frenar, o incluso a, detener, el crecimiento económico. Pero no es así. En realidad, la aparición del movimiento, ecologista coincide con los últimos años del crecimiento acelerado, como crítica precisamente a los excesos depredadores, para sólo alcanzar una fuerza considerable cuando la crisis económica ya estaba plenamente en marcha. Por tanto, no hay una relación causa/efecto. Pero la preocupación por el medio ambiente sí que tiene una gran trascendencia, de cara al futuro, como apreciación de que, superada la segunda gran depresión del siglo XX, ya no será posible crecer como antes. Y a esto se oponen los nuevos «liberales», que, en buena parte, consideran a la ecología como un estorbe. No hay más que recordar las desafortunadas referencias que a este tema concreto hizo Ronald Reagan en su campana electoral.
Por último, entre los problemas agravados de los años ochenta, figura la inflación. Vivimos en la era de la inflación sociológica en que la inflación se hace, en la mayoría de los países, endémica, permanente. Frente a ella la cura a base de recetas monetarias y fiscales casi nunca tiene éxito. Las excepciones de la República Federal de Alemania y de Suiza se deben a que ambas economías operan con existencias importantes de trabajadores extranjeros, que actúan como elementos reguladores difíciles de encontrar en otros países. En los demás casos, el monetarismo, sin más, conduce al estancamiento, y con la cura que se le aplica el paciente hibernizado puede llegar a entrar en la fase económica agónica, de consecuencias políticas y sociales siempre inciertas y seguramente muy graves.

9. Reflexión sobre los partidos
Nuestra sociedad implica la necesidad de decisiones claras, aunque produzcan pérdidas relativas para unos al mismo tiempo que ventajas para otros. Es necesario hacer la elección, decidirse, con todas sus consecuencias, por reformas concretas, evitando la demora sine die. Para ello es necesario un Estado que funcione con eficacia, sin frenos bloqueadores. Pero eso, a su vez, exige un mundo político con más claridad de ideas y más capacidad de decisión. Lo cual nos lleva a la segunda parte de este discurso, en la que quiero abordar la forma de comportarse los principales protagonistas sociales y, en definitiva, los que pretenden gobernar. Me refiero, naturalmente, a los partidos políticos. En ese contexto, interesa hacer algunas apreciaciones:
1. La democracia, más que en una forma de vida, en las sociedades industriales está acabando por convertirse en un simple método para elegir al grupo dominante. Un método incluso trucado. Un observador político nada sospechoso -Pablo Irazazábal, de RTVE- ponía de relieve, comentando la, elección de Ronald Reagan como presidente de EE UU, que en Norteamérica el pueblo elige cada vez menos y que, en cambio, determinadas instituciones cada vez influyen más. En realidad, venía a decir, Reagan quedó de hecho elegido seis meses antes del 4 de noviembre de 1980, desde el mismo momento en que la Trilateral decidió apoyarle. En el caso más concreto de los partidos políticos, sus sistemas electivos son poco democráticos, con la consecuencia de situar en su cúspidea la figura cuasi omnipotente del secretario general o del presidente.
2. Pero los problemas de los partidos políticos no sólo radican en la forma de elegir a sus máximos dirigentes, sino en cómo funcionan sus órganos de poder. En realidad, por la forma de competir en el escenario político electoral, los partidos políticos han sido comparados muchas veces a verdaderas oligarquías. Se disminuye el número de participantes en la elaboración de la línea política, en la toma de decisiones; funciones que se asumen en proporciones muy altas por los secretarios generales o los presidentes, que adquieren características pretendidarrienie carismáticas, con seria tendencia a la «magistratura vitálicia».
3. Las tendencias consumistas del mercado se transmiten también al escenario político (que es un mercado de votos), donde se tiende -como ya vimos antes- a subestimar las necesidades a largo plazo, y a supervalorar las necesidades a corto plazo de ocio y consumo. De este modo, los partidos políticos renuncian a hablar con claridad a los electores y, por razones electoreras, hacen hincapié en cuestiones a corto plaza. De ello se deriva que la diferencia entre opciones de izquierda y de derecha tiende a disminuir.
4. La falta de una buena corriente de información dentro del partido, de una formación cultural y política de sus miembros, hace que predomine una exposición muy simplificada de la línea política, que en los casos extremos llega a adquirir carácter casi dogmático. Se tiende a suplir a la información y a la cultura política en el caso límite con la veneración o el culto a la personalidad.
5. En el engranaje que comentamos, sin una mayor dosis de democracia interna, la política tiende a transformarse en una cuestión de prestigio personal. Y así, la democracia como forma de vida colectiva acaba por convertirse para algunos políticos en una forma profesionalizada de vivir. Y como la forma de vida determina la conciencia, el político profesional polariza todo en el mantenimiento de su poder.
6. El siguiente paso de oligarquización del poder en los partidos se da en la burocracia, que, como ha dicho Windmeier, contamina el flujo de la información, controla el dinero, los resortes de la propaganda y criba las iniciativas de base.

Y punto final. Otro día podremos seguir. Muchos de los males que nos aquejan provienen de una crisis del Estado y de una crisis de la sociedad que tenemos que resolver. Y para encontrar soluciones lo, primero que necesitamos -y a eso he querido yo contribuir con esta conferencia- es un diagnóstico profundo de la situación de la democracia española, empezando por los partidos, que tienen que cambiar mucho para que, en vez de ir a remolque de la sociedad, se tranformen verdaderamente en palancas de cambio, de modernización y progreso, en centros de análisis profundos de los problemas del país y de búsqueda de soluciones.

Ramón Tamames es diputado del PCE por Madrid. Este artículo consta de tres partes. Las dos anteriores se publicaron los días 25 y 26.

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