Crisis de la sociedad y reflexión sobre
los partidos políticos / 1
RAMON
TAMAMES 25 NOV 1980
1.
La derecha no tiene por qué ser eterna.
Se
dice actualmente que todo marcha mal, y que casi todo va a peor. Se asevera que
tenemos un modelo de Estado que no funciona, y que la burocracia acabará
frenándolo todo. Se echa la culpa al Gobierno, al Parlamento, a los partidos.
Pero en vez de caer en esas lamentaciones tópicas, merece la pena preguntarse
si los males no son más profundos, y si no es la sociedad la que globalmente
carece de respuestas a los problemas de hoy. O habrá incluso que plantearse si
los partidos no habrán asumido tareas superiores a sus fuerzas en esta transición
que se alarga más y más.
La
responsabilidad de los partidos políticos, es muy grande, tanto por la
envergadura de la tarea -especialmente en un país con tan poco asociacionismo-,
como por la insuficiente organización que todavía padecen, y que puede estar
contribuyendo a convertir a la nuestra en una democracia mediocre en muchos
aspectos. Sin olvidar las resistencias a cambiar estructuras del pasado, sin
minusvalorar -pero también sin sobrevalorarlos- ciertos poderes fácticos, la
verdad es que los partidos, o aún no se han formado suficientemente, o se han
quedado anticuados, o no son plenamente democráticos.
Por
su parte, los sindicatos no han pasado todavía de la fase de la reivindicación
a la de planteamiento operativo de opciones, en buena medida por la aversión
gubernativa de UCD al sindicalismo, y por la división que se perpetúa en el
mundo sindical, por el mismo hecho de la falta de unión de la izquierda
política.
Los
movimientos ciudadanos son esperanzadores, pero no han alcanzado el mínimo
desarrollo para incidir sustancialmente como fuerza compensadora de los grandes
grupos de presión capitalistas. Cabe imputarlo, en no poca medida, a la falta
de capacidad de los propios partidos políticos, que les ha drenado potencial
para semiolvidarlos después. La juventud, por su lado, se inhibe de la
política, en un fenómeno de pasotismo que por su generalización se sitúa ya en
niveles macrosociales. Así, la expectativa de un vasto movimiento renovador se
ve alejada con el languidecimiento de las asociaciones en general, y por la
relativa inhibición de los ecologistas, que en medio de la crisis económica se
sienten abandonados.
La
universidad, después de años de lucha política y de vanguardia cultural -con
todos sus altibajos-, se sitúa hoy en uno de los puntos más bajos, en tanto que
la inteligencia no oculta su escepticismo y, de una u otra forma, se incrusta
en el establishment. De esta forma, con todas sus crisis, el capitalismo -salvo
por grupos casi siempre considerados marginales- no es puesto en duda
seriamente; y la perpetuidad del sistema parece garantizada en los análisis de
la misma izquierda. ¡¡Qué gran diferencia con la visión que en 1847 se tenía en
el Manifiesto, cuando se preveía el triunfo del socialismo a no tan largo
plazo!!
Con
este panorama más bien sombrío de la realidad, son muchos los políticos a
quienes -a pesar del desencanto, o precisamente contribuyendo a él- les encanta
hacer largas digresiones sobre si en la España de la transición ha habido
reforma o ruptura. Cuando la cuestión trascendental y urgente es la evidencia
de que hay un bloqueo de la democracia que se manifiesta en la estructura
económica (el poder refortalecido de la oligarquía financiera, cada vez más
desnacionalizada), en el sistema electoral (el mantenimiento del decreto ley
todavía semifranquista de 20 de marzo de 1977), en el control de RTVE por el
Gobierno y UCD. Y, lo que es más grave, todo eso es fácilmente continuable, por
la división de la izquierda, tanto en lo político como en lo sindical, que
precisamente por su antagonismo interno no da una respuesta clara y creíble a
la crisis económica, al gremialismo, al corporativismo. Y en la pretendida vía
de un Estado de autonomías, más que el camino federal se contempla cómo podemos
estar transitando por la senda de la balcanización. Por último, el terrorismo
se ha convertido en una especie de curaré en el cuerpo social de España, que se
nos va infiltrando para paralizar progresivamente más y más la iniciativa
social.
2.
Las fáciles conjeturas y el cambio necesario
Por
todas estas circunstancias creo que es un ejercicio políticamente vano y
engañoso dedicar -como se dedica- tanto de nuestro tiempo a hacer conjeturas
sobre posibles crisis convencionales de Gobierno, o a les avances de estos o
aquellos barones, o al surgimiento de estos o aquellos delfines. Lo importante,
me parece, es plantear la cuestión de la democracia como forma de vida, y no
como simple método de elección para que la derecha siga detentando el poder.
En
otras ocasiones lo he dicho -y la última ve i fue durante el debate de la
cuestión de confianza, aunque lo hiciera sin reunir una buena docena de citas
eruditas, como algunos habrían querido-: que se trata de buscar una alternativa
regeneracionista frente al canovismo en el que la sociedad y el Estado en
España se van sumiendo día a día; desde luego, por obra y gracia de la política
de una derecha temerosa de cambios sociales inevitables a poca modernización
que se quiera. Una derecha, además, que está aún muy claramente veteada de
franquismo sociológico y político, sin que lo más progresista de UCD se decida
a desprenderse de ese lastre histórico.
Pero
con ser preocupante el trance canovista, lo más grave es que está siendo
perfectamente tolerado por la izquierda, por sus divisiones y antagonismos. La
izquierda políticamente más representativa parece haber renunciado a cualquier
clase de horizonte utópico, en la idea de encontrar unos pocos centenares de
miles de votos de la desengañada derecha; donde habría que buscarlos es entre
los siete millones de españoles que no votaron en 1979, o entre los diez
millones que, de seguir así las cosas, no votarán en 1983, o en 1982..., o en
1981.
Es
necesaria una estrategia de cambio dentro de la democracia, dentro de la
Constitución, dentro de la izquierda. Es preciso decirle al país que no está
condenado a ser gobernado eternamente por la derecha, que las imágenes de
Suárez, Martín Villa o Rosón no tienen por qué permanecer por diez años todos
los días en los televisores y en la Prensa. El pedigrée político de esos
protagonistas no es el más brillante, y por muchos actos de fe de democracia
que hagan cada día, no deberíamos garantizarles una vida política activa más
allá de un modesto período de transición, que ya debería estar tocando su
final. Pero hay extendida una suerte de fatalismo de que en la onda larga de la
recesión en que vivimos actualmente no puede sino triunfar la derecha. Y el
fatalismo inhibe todavía más. Lo primero, pues, es liberarnos de él, dándonos
cuenta de la situación a que hemos venido a dar, para empezar a poner remedios.
Y apreciando cómo la derecha en la sociedad actual no tiene verdaderas
soluciones.
3.
La crisis económica no la resolverá la derecha
En
la mayoría de los países desarrollados es manifiesto hoy -y las excepciones
pueden ser Japón, Alemania y pocos casos más- un considerable declive
económico. Es un hecho nuevo para las generaciones que actualmente están en
edad activa y que contemplaron el crecimiento acelerado de los años cincuenta a
los setenta.
En
el caso de Estados Unidos, las consecuencias van a ser serias en los próximos
años, porque si quieren mantener su influencia mundial habrán de hacer un mayor
esfuerzo en términos del tanto por ciento del PNB dedicado a armamento y
actividades trasnacionales. Lo cual, en medio de una depresión, es difícilmente
concebido sin el riesgo permanente de una guerra, que por ello mismo podría
desencadenarse en cualquier momento, con consecuencias difícilmente
previsibles.
Claro
es que hay toda clase de soluciones prefabricadas, que plantean como
posibilidad que la expansión de la industria de armamentos sea la forma de
salir de la depresión. Un movimiento «intelectual» que se presenta de forma
sutil, como un liberalismo renovado, pero que difícilmente podrá tener éxito
cuando la estructura de la sociedad tiene ya bien poco de liberal. Ese es el
argumento de Galbraith cuando subraya que Milton Friedman tendría razones para
ser el profeta del liberalismo, pero en otro mundo, en el que no hubiera
sindicatos, ni asociaciones de agricultores, ni tampoco una OPEP.
En
realidad, ese liberalismo ya sabemos lo que es y a lo que llega, porque se ha
experimentado en Chile y el Reino Unido. En Chile, para introducirlo, fue
necesaria una dictadura política; en Inglaterra, una depresión de caballo, sólo
comparable a la de los años treinta. Parece que ahora se produce la verdadera
llegada del Mesías: Milton Friedman in person al poder; con Reagan. Aunque
seguramente no habrá que esperar mucho para ver que Reagan puede ser el Hoover
de nuestro tiempo, que con sus recetas liberales no resolvió la gran depresión.
Tuvo que llegar Roosevelt, en 1933, con el intervencionismo del New Deal, para
enderezar la situación. Esperemos que esta vez no sea necesaria, para conseguir
el relanzamiento del capitalismo, una tercera guerra mundial.
Crisis
de la sociedad y reflexión sobre los partidos políticos/ 2
RAMON
TAMAMES 26 NOV 1980
4.-
El pretendido liberalismo vive de mitos.
Como
el de la necesidad de disminuir los salarios reales; a pesar de que la
experiencia demuestra que la mayor desigualdad en la distribución de la renta
no favorece precisamente el crecimiento, sino más bien lo contrario.4. Las
recetas del falso liberalismo
Por
otra parte, tampoco puede conseguirse un desarrollo más rápido a base
simplemente de disminuir la intervención del sector público. También en este
caso la experiencia indica con claridad que el crecimiento fue mayor con más
intervención; al menos en países como Estados Unidos durante la segunda guerra
mundial. Y en el Reino Unido, a pesar de la mayor intervención pública desde
1945, el crecimiento también resultó más veloz que en los años veinte y
treinta, de menor presencia del Estado en la economía. Desde luego que la
tecnología y el ciclo, también contribuyen a esas variaciones, pero parece
suficientemente claro que no cabe aceptar, sin más, como una relación
causa/efecto irrefutable la de mayor intervención pública/ tendencia al declive
económico. Sin ir más lejos, Japón es un ejemplo de actividad del Estado en
íntima conexión con la empresa privada.
También
los nuevos y falsos liberales pretenden que el sistema económico ha adquirido
una excesiva rigidez a causa del gran número de reglamentaciones económicas y
laborales. Pero suprimir todas esas regulaciones resulta literalmente
imposible, porque los problemas técnicos van haciéndose más y más complejos en
materia de contaminación, energía, alimentación, etcétera. Realmente, al final,
podemos apreciar cómo el sueño liberal no es una aspiración romántica, de
simplificar la vida para simplificar las intervenciones; más bien es un
propósito disfrazado de suprimir las intervenciones más molestas para los
fuertes, al tiempo que se pretende lograr más protección para los de siempre.
5.
«La defensa del territorio»
Con
un menor peligro de guerra -o por lo menos esa es la apariencia-, con un mayor
desarrollo del sindicalismo y de los movimientos de liberación, las decisiones
son más difíciles de adoptar en el mundo de hoy. Nos hallamos en una sociedad
donde existe la conciencia de que la mejora de cualquier grupo social implica
el deterioro relativo de otro u otros grupos. Es la sociedad de suma cero a la
que se ha referido Lester C. Turow. En esa sociedad, cada uno se defiende para
impedir que disminuya su nivel relativo, de la forma que aproximadamente Robert
Audrey ha sabido describir en su estudio antropológico sobre El instinto del
cazador, al referirse a la defensa que cada grupo social hace de su propio
territorio, para evitar la entrada de cualquier intruso que pueda pcner en
peligro su grado de bienestar.
La
«defensa del territorio», se exacerba con la crisis. En el caso de las
relaciones de trabajo, con la segmentación del mercado se agudiza el
gremialismo, los planteamientos insolidarios por parte de una considerable
proporción de trabajadores que a toda costa pretenden mejorar, en tanto que el
conjunto empeora. Y, análogamente sucede con el corporativismo de los cuerpos
de funcionarios, que en medio de la crisis pretenden mantener sus privilegios,
y a ser posible incluso aumentarlos. Así, el gremialismo y el corporativismo -y
no digamos, el crónico egoismo social de la oligarquía- introducen una gran
rigidez en el sistema, dificultan el pacto para redistribuir el trabajo y la
renta, y acaban -a menos que haya un Gobierno de amplia base popular decidido a
arrostrar la impopularidad- por hacer sumamente dificil o imposible una
verdadera planificación democrática.
6.
Balcanización del poder
Hay,
además, una balcanización del poder. En el período de entreguerras (1918-1939),
o incluso antes de la primera guerra mundial, se hablaba de los Balcanes como
del «avispero de Europa», por el mosaico de nacionalidades existentes en una
multiplicidad de Estados de reciente creación y sumamente inestables. Cualquier
problema en los Balcanes se convertía en conflicto, por la falta de verdaderos
poderes constituidos para superar las contradicciones pacíficamente. Esto es lo
que comienza a pasar también hoy en el interior de casi todos los Estados.
Y
España no es ninguna excepción. El poder del Estado ya no es reconocido como un
excelso dirimente de conflictos. Las nacionalidades, regiones y municipios, los
grupos sociales más diversos, las asociaciones -por no hablar de los
sempiternos grupos de presiónquieren intervenir en cualquier decisión,
participar en la elaboración de cualquier norma, vigilar su aplicación cuando
afecte a su problema, a «su territorio». Por ejemplo, la localización de las
plantas energéticas o industriales, las explotaciones mineras, el reparto de
los impuestos, las competencias de educación, las facilidades financieras,
etcétera. Incluso llega a verse amenazada la propia integridad del mercado
nacional, tan costosamente construido a lo largo de mucho tiempo.
Y
en cualquier caso, lo que está claro es que por la balcanización, las
decisiones tardan mucho en adoptarse, y cuando se logran, las soluciones no
siempre son las mejores para los intereses generales de la comunidad, sino el
resultado de una dificil transación en la cual los intereses más fuertes
(aunque no sean los mayoritarios) son los que acaban por pesar más.
7.
Electoralismo y seguridad.
A
las anteriores dificultades ha de agregarse que el breve plazo entre elecciones
no favorecen precisamente los proyectos de inversión a largo plazo, que
resultan muy costosos, que son cada vez de más difícil decisión, y que a la
postre se revelan como de pequeño rendimiento electoral. Se prefieren los
proyectos a corto plazo, de más clara rentabilidad electorera. Así, la
previsión económica y la planificación, quedan sustituidas por las medidas semidiariamente
ímprovisadas por las perentorias circunstancias; corno la planificación acaba
por presentarse como si se tratara de una quimera inalcanzable, sobre la que
además está de moda -entre los pseudoliberales- hacer bromas de más o menos mal
gusto.
Hay,
incluso, aspectos de psicología social insuficientemente valorados. Quiero
decir que como consecuencia de la experiencia histórica de las últimas décadas
de crecimiento, existía y aún existe la expectativa de una continua mejora en
el nivel de vida. Y parar en esa senda que parecía iba a ser siempre
ascendente, origina frustraciones, hace insufrible la sensación de póbreza
simplemente por crecer más lentamente de lo que cada uno esperaba.
Por
lo demás, en la situación anterior, el crecimiento acelerado representaba un
efecto de lubricación, se admitían transitoriamente algunas pérdidas
comparativas, en la seguridad de que en poco tiempo se recuperaría la distancia
perdida. Pero esto es mucho más difícil o termina por hacerse imposible en una
fase de estancamiento como la que ahora atravesamos.
Otro
factor que influye en la rigidez del sistema es el deseo de obtener un mayor
grado de seguridad. El riesgo al que tanto se alaba todavía por los empresarios
en los discursos, se evita siempre que se puede, y para ello se recurre al
Gobierno. Aunque a veces la «salvación» no sea otra cosa que prolongar su
agonía, sin una verdadera re conversión. De esta forma se gana en seguridad,
pero se pierde en competencia, y el progreso -entendido como antes- no puede
por menos de ralentizarse. Lo cual no sería ninguna tragedia si se hiciese
racional y voluntariamente, como se pretende por los partidarios del
crecimiento cero.
Ramón
Tamames es diputado del PCE por Madrid. La primera parte de este artículo se
publicó en la edición de EL PAIS de ayer, día 25.
Crisis
de la sociedad y reflexión sobre los partidos políticos / y 3
RAMON
TAMAMES 27 NOV 1980
El
cúmulo de dificultades, que hasta aquí hemos examinado, en la década de los
años ochenta va a verse dramáticamente incidido por tres problemas que en los
sesenta y setenta eran ignorados o fueron de una gravedad mucho menor. Me
refiero a los temas de la energía, el medio ambiente y la inflación de dos
dígitos.8. Los problemas más específicos de los ochenta
El
canto eufórico de la energía abundante y barata del pasado reciente se ha
sustituido por el lamento de la incidencia que la crisis energética tiene en el
alto nivel de inflación y en el bajo ritmo de crecimiento. Aún es muy seria la
resistencia a admitir que sólo la planificación podrá dar solución a los
problemas energéticos o, por lo menos, frenar el deterioro que de otra forma
conducirá al colapso de los países industriales. Pero aparte de que la
incipiente planificación energética se hace en base a criterios de grupos de poder,
lo cierto es que la planificación de un sector así, dejando el resto de la
economía a su aire, subraya aún más la contradicción que pesa sobre toda la
elaboración de la política económica en el capitalismo en su fase de
reverdecimiento seudoliberal.
Al
segundo tema antes enunciado ya he hecho numerosas referencias en otros
trabajos. Pero ahora lo que quiero es destacar que se acusa mucho a los
ecologistas de haber contribuido y de estar contribuyendo a frenar, o incluso
a, detener, el crecimiento económico. Pero no es así. En realidad, la aparición
del movimiento, ecologista coincide con los últimos años del crecimiento
acelerado, como crítica precisamente a los excesos depredadores, para sólo
alcanzar una fuerza considerable cuando la crisis económica ya estaba
plenamente en marcha. Por tanto, no hay una relación causa/efecto. Pero la
preocupación por el medio ambiente sí que tiene una gran trascendencia, de cara
al futuro, como apreciación de que, superada la segunda gran depresión del
siglo XX, ya no será posible crecer como antes. Y a esto se oponen los nuevos
«liberales», que, en buena parte, consideran a la ecología como un estorbe. No
hay más que recordar las desafortunadas referencias que a este tema concreto
hizo Ronald Reagan en su campana electoral.
Por
último, entre los problemas agravados de los años ochenta, figura la inflación.
Vivimos en la era de la inflación sociológica en que la inflación se hace, en
la mayoría de los países, endémica, permanente. Frente a ella la cura a base de
recetas monetarias y fiscales casi nunca tiene éxito. Las excepciones de la
República Federal de Alemania y de Suiza se deben a que ambas economías operan
con existencias importantes de trabajadores extranjeros, que actúan como
elementos reguladores difíciles de encontrar en otros países. En los demás
casos, el monetarismo, sin más, conduce al estancamiento, y con la cura que se
le aplica el paciente hibernizado puede llegar a entrar en la fase económica
agónica, de consecuencias políticas y sociales siempre inciertas y seguramente
muy graves.
9.
Reflexión sobre los partidos
Nuestra
sociedad implica la necesidad de decisiones claras, aunque produzcan pérdidas
relativas para unos al mismo tiempo que ventajas para otros. Es necesario hacer
la elección, decidirse, con todas sus consecuencias, por reformas concretas,
evitando la demora sine die. Para ello es necesario un Estado que funcione con
eficacia, sin frenos bloqueadores. Pero eso, a su vez, exige un mundo político
con más claridad de ideas y más capacidad de decisión. Lo cual nos lleva a la
segunda parte de este discurso, en la que quiero abordar la forma de
comportarse los principales protagonistas sociales y, en definitiva, los que
pretenden gobernar. Me refiero, naturalmente, a los partidos políticos. En ese
contexto, interesa hacer algunas apreciaciones:
1.
La democracia, más que en una forma de vida, en las sociedades industriales
está acabando por convertirse en un simple método para elegir al grupo
dominante. Un método incluso trucado. Un observador político nada
sospechoso -Pablo Irazazábal, de RTVE- ponía de relieve, comentando la,
elección de Ronald Reagan como presidente de EE UU, que en Norteamérica el
pueblo elige cada vez menos y que, en cambio, determinadas instituciones cada
vez influyen más. En realidad, venía a decir, Reagan quedó de hecho elegido
seis meses antes del 4 de noviembre de 1980, desde el mismo momento en que la
Trilateral decidió apoyarle. En el caso más concreto de los partidos políticos,
sus sistemas electivos son poco democráticos, con la consecuencia de situar en
su cúspidea la figura cuasi omnipotente del secretario general o del
presidente.
2.
Pero los problemas de los partidos políticos no sólo radican en la forma de
elegir a sus máximos dirigentes, sino en cómo funcionan sus órganos de poder.
En realidad, por la forma de competir en el escenario político electoral, los
partidos políticos han sido comparados muchas veces a verdaderas oligarquías.
Se disminuye el número de participantes en la elaboración de la línea política,
en la toma de decisiones; funciones que se asumen en proporciones muy altas por
los secretarios generales o los presidentes, que adquieren características
pretendidarrienie carismáticas, con seria tendencia a la «magistratura
vitálicia».
3.
Las tendencias consumistas del mercado se transmiten también al escenario
político (que es un mercado de votos), donde se tiende -como ya vimos antes- a
subestimar las necesidades a largo plazo, y a supervalorar las necesidades a
corto plazo de ocio y consumo. De este modo, los partidos políticos
renuncian a hablar con claridad a los electores y, por razones electoreras,
hacen hincapié en cuestiones a corto plaza. De ello se deriva que la diferencia
entre opciones de izquierda y de derecha tiende a disminuir.
4.
La falta de una buena corriente de información dentro del partido, de una
formación cultural y política de sus miembros, hace que predomine una
exposición muy simplificada de la línea política, que en los casos extremos
llega a adquirir carácter casi dogmático. Se tiende a suplir a la
información y a la cultura política en el caso límite con la veneración o el
culto a la personalidad.
5.
En el engranaje que comentamos, sin una mayor dosis de democracia interna, la
política tiende a transformarse en una cuestión de prestigio personal. Y
así, la democracia como forma de vida colectiva acaba por convertirse para
algunos políticos en una forma profesionalizada de vivir. Y como la forma de
vida determina la conciencia, el político profesional polariza todo en el
mantenimiento de su poder.
6.
El siguiente paso de oligarquización del poder en los partidos se da en la
burocracia, que, como ha dicho Windmeier, contamina el flujo de la información,
controla el dinero, los resortes de la propaganda y criba las iniciativas de
base.
Y
punto final. Otro día podremos seguir. Muchos de los males que nos aquejan
provienen de una crisis del Estado y de una crisis de la sociedad que tenemos
que resolver. Y para encontrar soluciones lo, primero que necesitamos -y a eso
he querido yo contribuir con esta conferencia- es un diagnóstico profundo de la
situación de la democracia española, empezando por los partidos, que tienen que
cambiar mucho para que, en vez de ir a remolque de la sociedad, se tranformen
verdaderamente en palancas de cambio, de modernización y progreso, en centros
de análisis profundos de los problemas del país y de búsqueda de soluciones.
Ramón
Tamames es diputado del PCE por Madrid. Este artículo consta de tres partes.
Las dos anteriores se publicaron los días 25 y 26.
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