Una respuesta a la crisis
La habilidad neoconservadora, la de los actores
financieros, la de las agencias de calificación consiste en hacernos olvidar
las correcciones de fondo que necesita el modelo de economía financiera sin
regulación y llena de humo que nos llevó a esta catástrofe
FELIPE GONZÁLEZ MÁRQUEZ 25 ENE 2012 - 11:18 CET56
Cuarto año de crisis y la perspectiva nos lleva a
pensar en la famosa década perdida de América Latina en los años ochenta del
pasado siglo. A estas alturas se tiende a olvidar que el origen estuvo en la
implosión de un sistema financiero desregulado, lleno de ingeniería financiera
cargada de humo, sin relación con la economía productiva. Esto arrastró a la
economía real a una recesión mundial, especialmente grave en los países
centrales, como epicentro de este disparatado sistema.
Hoy se enfrenta la situación de la deuda soberana
derivada de la crisis financiera, como un problema de solvencia, que no existe,
aunque lo más grave sea la falta de liquidez y de crecimiento económico
generador de empleo. Error de estrategia, en particular en la zona euro, que
puede contraer dramáticamente la economía y agravar la crisis de la deuda,
además de hacernos olvidar las causas originarias y por tanto, no actuar sobre
ellas. Este enfoque está cuestionando la cohesión social que ha definido la
época de reconstrucción y desarrollo de Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
Toda una gran paradoja: el modelo triunfante del
neoconservadurismo desregulador que se inicia en los ochenta del siglo XX,
domina la escena de la globalización hasta el estallido de 2008 y, como
respuesta, la misma corriente ideológica, mayoritaria hoy en Europa, se olvida
de las causas de la crisis y centra la estrategia en las consecuencias de la
misma. Las fuerzas representativas del centro izquierda progresista se sienten
arrinconadas y a la defensiva en la Unión Europea y acosadas por la presión de
la derecha más extrema en Estados Unidos.
Al tiempo, crece el nacionalismo antieuropeísta, el
virus destructor de Europa a lo largo del siglo XX. De nuevo la paradoja: las
propuestas de gobernanza económica europea, imprescindible para que funcione la
Unión Monetaria, por su erróneo enfoque, aceleran las pulsiones nacionalistas
en todos los rincones de Europa. Una mezcla explosiva que introduce más
confusión en la ciudadanía, que ve a sus gobiernos inermes ante la hegemonía de
los “mercados”.
En estas circunstancias necesitamos, más que nunca,
una propuesta socialdemócrata y europeísta, desde un pensamiento renovado,
capaz de comprender las implicaciones del cambio civilizatorio que vivimos a
nivel global. No puede ser meramente defensiva de lo conseguido hasta ahora en
ese modelo que Lula definía como “patrimonio democrático de la humanidad”, para
no caer en la denuncia sin alternativa del pensamiento neoconservador que nos
llevó a la crisis.
Europa no tiene otro camino en la globalización que
más Europa, más soberanía compartida para avanzar en la gobernanza económica de
la Unión y en su proyección relevante hacia el exterior. Este impulso debería
excluir de nuestra agenda las tentaciones nacionalistas y proteccionistas que
persiguen réditos políticos a corto plazo. Pero este impulso hacia una mayor integración
europea no puede formularse desde una estrategia equivocada como la que domina
la realidad actual, provocando desesperanza ciudadana ante la contracción de la
economía, el aumento del paro, la liquidación de las redes de cohesión y
solidaridad. Se piden sacrificios reales y se ofrecen esperanzas inciertas.
Es la oportunidad para una opción renovada
socialdemócrata y europeísta. Necesitamos ajustar nuestras cuentas públicas,
controlar los deficits excesivos y la deuda en aumento. Pero no necesitamos una
terapia brutal que olvide la necesidad de crecer y generar empleo. Tenemos un
problema de deuda pero no de solvencia. Necesitamos liquidez para que llegue el
crédito a la economía productiva y haya crecimiento y empleo. Podemos y debemos
activar el Banco y el Fondo Europeo de Inversiones y convocar a los que quieran
participar con sus excedentes de ahorro –como China y otros emergentes– en un
gran fondo para invertir en infraestructuras energéticas, de redes, de
autopistas del mar…, que impulsen la modernización y el crecimiento generador
de empleo en Europa.
Pero no debemos olvidar el origen de la crisis. La
habilidad neoconservadora, la de los actores financieros, la de las agencias de
calificación consiste en hacernos olvidar las correcciones de fondo que
necesita el modelo de economía financiera sin regulación y llena de humo que
nos llevó a esta catástrofe. Los gobiernos están condicionados obsesivamente
por las “primas de riesgo”, las valoraciones de las agencias –sin legitimidad
alguna, ni de origen ni de ejercicio–, enterrados en una especie de lucha de
supervivencia día a día, que les distrae de las causas de fondo que provocaron
la situación actual. Ni siquiera se consigue el consenso mínimo para imponer
una tasa a las transacciones financieras. La resistencia no se produce por los
efectos recaudatorios de esa tasa, sino por los efectos regulatorios que
permitirían controlar los movimientos especulativos de corto plazo que afectan
dramáticamente al valor de las empresas y perturban el funcionamiento de la
economía real.
Además la izquierda tiene que proponer, sin miedo, las
reformas estructurales necesarias para avanzar hacia una economía altamente
competitiva, que premie la productividad por hora de trabajo, la excelencia en
el producto final, la innovación y el espíritu emprendedor. Un modelo
sostenible económica y medioambientalmente, para competir en una economía
globalizada que nos está marginando. Solo así podremos añadir el valor
suficiente para defender –a la ofensiva– la cohesión social que nos identifica,
mejorando un sistema sanitario público, una educación y una formación
profesional de calidad, que nos permitan llegar a todos, igualar oportunidades
y competir con ventaja.
Si queremos que haya una alternativa de izquierda
mayoritaria, que incluya al centro del espectro social y político, a los
jóvenes y a los mayores, tenemos que utilizar nuestros valores para aplicarlos
a la nueva realidad. Nosotros, socialistas españoles, lo hicimos en los
ochenta, antes de que otros hablaran de “terceras vías” para la
socialdemocracia. La sociedad nos entendió y nos apoyó. Una vez más tengo que
recordar que la izquierda no puede cometer el error de confundir los
instrumentos con los fines, ni la ideología con el ropaje vacío de ideas con
que se encubren algunos. Y, en cada época histórica, hay que saber renovar las
ideas y los instrumentos para ser fieles a los valores de solidaridad y
libertad que nos impulsan.
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