Por
la renovación del Partido Comunista de España
RAMON
TAMAMES 11 ENE 1981
Desde
hace casi tres meses está abierto el debate en el PCE sobre los objetivos del X
Congreso del partido, que se celebrará en julio de 1981. La discusión ya
iniciada empezaba a transcurrir en términos bastante claros con el
planteamiento, desde diversos ángulos, de la plena renovación del partido,
frente a la posición de continuar básicamente en la misma línea anterior, de
fuerte concentración de poder en unas estructuras de organización que no se
adaptaron a las nuevas necesidades y aspiraciones de los trabajadores, de las
clases populares y que han llevado a muchos (anticipando sus deseos a la
realidad potencial) a hablar de que el PCE ha tocado techo.Ahora, tras los
recientes y conocidos resultados del V Congreso del PSUC, el debate de cara al
X Congreso del PCE puede pretender transformarse en dialéctica cerrada; de
hecho, con una única y falsa disyuntiva: eurocomunismo o prosovietismo. La
consecuencia inmediata sería un llamamiento a «cerrar filas», en base a la idea
de la prioridad del eurocomunismo, sin que éste se haya esbozado
suficientemente, sin una valoración crítica de las experiencias habidas y,
sobre todo, relegando de forma más o menos sutil la cuestión capital de la democratización
y renovación del partido. Creo que sería muy sano y conveniente, para todos los
comunistas, y para la misma democracia española, evitar esa actitud de
simplificación y a la vez de confusión.
No
cabe, desde luego, minimizar los peligros que para las ideas de socialismo en
libertad y para la independencia de los comunistas de toda España puedan
significar determinadas resoluciones del V Congreso del PSUC. Pero me parece
que para combatir esos peligros sería lamentable caer ahora en una especie de
«santa cruzada» que pudiera oscurecer la realidad de los problemas con que hoy
se enfrenta el PCE, lo cual equivaldría a no querer darles solución.
A
lo largo de 1981 va a haber -ya ha comenzado- toda una secuencia de congresos
de los más diversos partidos. En esa perspectiva de encuentros políticos que
van a incidir en las nuevas estrategias para consolidar la democracia, y con la
vista puesta en el horizonte 83, sería un error iniciar el X Congreso del PCE
desde un pretendido dilema de enfrentar el eurocomunismo sin renovación frente
al prosovietismo. Ese dilema, a mi juicio, no existe; porque la inmensa mayoría
de los militantes comunistas tenemos claro que en España no se puede ser otra
cosa que eurocomunistas y renovadores; es decir, estar por la búsqueda de una
vía española al socialismo en un contexto constitucional de libertades
públicas, de derechos sociales y humanos, y de pluripartidismo. Pero todo ello
sin olvidar que, inexorablemente, la democracia debe llegar en el interior del
partido a todos sus órganos y actividades, con el pleno respeto garantizado de
las posiciones minoritarias.
Frente
a la renovación, las consecuencias de «cerrar filas» no sería otra, a la
postre, que mantener y agravar aún más las tendencias oligárquicas y de ineficiencia
que, al disminuir la vida política de los comunistas, son precisamente las que
crean las condiciones más propicias para el desánimo: haciendo caer la
militancia, posibilitando al final -como en cierto modo puede haber sucedido en
el PSUC- que una cierta minoría gane una influencia dentro del partido muy
superior a lo que representa respecto de una base electoral que a la hora de
elegirse los delegados al congreso optó en muy buena parte por el
abstencionismo.
El
mejor antídoto contra cualquier prosovietismo, prochinismo, etcétera, no es
otro que democratizar, descentralizar, organizar mejor el PCE. Para enraizarlo
a fondo en nuestra sociedad, para hacer que en él se sientan rellejados los
intereses de una proporción creciente de trabajadores españoles, o de simples,
dignos y muy atendibles anhelos populares de buen gobierno. Y esto significa
llevar al eurocomunismo hasta sus últimas consecuencias en la lucha contra una
serie de situaciones concretas que hoy se dan en el PCE. Poniendo fin a la
burocratización mediocrizante, creando una malla de auténticas
corresponsabilidades, acabando con concepciones patrimoniales del partido, para
evitar cualquier veleidad de marca de uso vitalicio. Como igualmente es preciso
asumir plenamente la Constitución, no cayendo en tesis estereotipadas, y muy
poco democráticas, de que se trata de una Constitución burguesa. No olvidemos,
por favor, que ésa es una Constitución que nosotros los comunistas apoyamos con
entusiasmo, a pesar de las críticas de detalle que pudiéramos hacer.
Asimismo,
la renovación que los eurocomunistas todos hemos de planteamos ha de poner
término a los viejos métodos de trabajo, aún impregnados de hábitos de la
clandestinidad, de no pocas inercias históricas, y de menosprecio, en
ocasiones, de movimientos, populares de interés y de conocimientos técnicos
fundamentales a tener en cuenta en nuestra sociedad. O se camina hacia una
mayor eficiencia, con mayor formación y más capacidad de irradiación de todos
los comunistas en todos los ámbitos en el Parlamento, en los órganos
autonómicos, en los ayuntamientos, en el sindicalismo, etcétera-, o el proceso
de de clive del partido sería inevitable. Estamos a tiempo de cambiar, pero el
plazo no es indefinido. En mi opinión, ya lo he dicho en otras ocasiones, hay
que introducir también en el PCE -y en la sociedad española en su conjunto-, de
forma explícita y renovada, los valores de regeneracionismo ético, político y
cultural, que tan importantes muestras tiene en una parte de nuestro pasado
histórico. De cara a los problemas con que se enfrenta nuestra sociedad, hay
que relanzar ese regeneracionsimo contra las viejas prácticas del caciquismo
que perviven por doquier con nuevas formas, contra el comportamiento de toda
una serie de gremialismos y corporativismos que implican un abandono real de
cualquier actitud solidaria, incluso en áreas sociales en que difícilmente
podrían haberse concebido hace no tanto tiempo. Sólo así los comunistas
españoles podremos plantear que se ponga fin al fatalismo de la derecha, que pretende
convencernos de que con la democracia todo va a seguir más o menos igual que
hasta ahora.
En
suma, es indispensable abrir, de cara al décimo congreso, una discusión
profunda sobre los problemas concretos de la generalidad de nuestra vida
política, no solamente sobre temas internacionales y cuestiones ideológicas.
Debemos poner en, un primer plano la preocupación por la transformación de la
sociedad española, del camino a seguir si verdaderamente queremos salir de las
inercias que nos sitúan hoy en la regresión de la crisis económica, del paro,
del terrorismo y de un Estado de las autonomías de perspectivas rodeadas de
toda suerte de incertidumbres.
Ese
programa de transformaciones pasa por temas específicos, sin perder la visión
de globalidad: la reforma agraria en extensas zonas de España para lograr una
agricultura moderna y capaz; la reconstrucción del sistema de empresas
públicas, para que éstas sean piezas esenciales de un sector público
transformador; la mayor atención al escenario del sistema productivo, para
evitar que sigamos en la pendiente de un medio ambiente que se deteriora día a
día en medio de toda clase de mixtificaciones y paradojas saudoecológicas por
parte del Estado; la crítica del proceso ya actual de desindustrialización de
España, que está en camino de convertirnos en un país en vías de subdesarrollo.
Como también el PCE debe levantar de forma decidida la bandera de la
planificación democrática -prevista en nuestra Constitución- frente al derroche
vergonzante de la actual política económica y social, que es técnicamente poco
imaginativa, socialmente reaccionaria, que estratégicamente conduce a una mayor
dependencia y cuyos objetivos últimos para la derecha están en la entrada en la
OTAN, aceptando los términos de un imperialismo más sutil que el de antaño,
pero no por ello menos determinante de un futuro que no podemos enajenar.
Y
para lograr todo eso, para contribuir a todo eso, el PCE debe transformarse,
hacerse más democrático en sus sistemas representativos y de decisión, alejándose
definitivamente los carismas, de las mayorías más o menos mecánicas, que tienen
su origen en sistemas de cooptación ya absolutamente periclitados. Además,
hemos de dar nueva vida a las antiguas agrupaciones de los centros de trabajo,
de técnicos, de profesionales, y crear para el conjunto del partido una
estructura de carácter federal que asegure la personalidad propia de las
diferentes organizaciones territoriales en convivencia con una buena
coordinación del trabajo.
Todos
esos cambios importantes son los que pueden dar la idea real a la inmensa
mayoría de los españoles que nos contemplan de que el PCE se renueva, que se
pone a punto. Es la única forma, por lo demás, de recuperar a la mayoría de los
antiguos camaradas, de reclutar en la senda de una esperanza reconstruida
nuevas fuerzas entre la juventud, entre las mujeres, y dentro de lo que ahora
es el espacio potencialmente más fuerte de las fuerzas del progreso en España,
el enorme territorio, políticamente decepcionado, del abstencionismo.
El
PCE, en su renovación, debe dejar claro que un partido político -incluso el
comunista- es un medio de lucha política y no un fin en sí mismo. Todo el mundo
debe quedar convencido de que no se trata de mantener unos ciertos poderes por
unos ciertos dirigentes en el recinto de una estructura política hermética, que
por ello mismo podría verse reducida a dimensiones cada vez menores y de
incidencia cada vez menos operante. Por el contrario, el PCE debe ser un
inmenso lugar de encuentro para trabajar y hacer política. Cada miembro del PCE
-y esa es labor de la organización- debe tener una participación efectiva, su
propio proyecto de realización personal efectiva dentro de una perspectiva
global, dentro del proyecto general de cambiar la sociedad y democratizar el
Estado para lograr una vida cotidiana cada vez más completa de posibilidades de
trabajo, de cultura, de fraternidad.
Estamos ante la opción histórica de recuperar y engrandecer nuestra
fuerza en una importante palanca de transformación de la sociedad española, en
la vía de la democratización, de la modernización, del trabajo, de la
convivencia. Para promover la unidad de la izquierda con los socialistas y
todas las demás fuerzas de progreso. Y ese cúmulo de objetivos no será posible
sino con la plena democratización y renovación del PCE, de forma que su imagen
y su realidad interna lleguen a ser plenamente coherentes con los propósitos de
un socialismo en libertad al nivel de nuestro tiempo
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